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Se Tenía que Decir

MÉXICO REPROBADO: 8 años de 4T y la niñez perdiendo ante el mundo… y ante sí misma

La Cuarta Transformación no heredó la educación mexicana para conservarla: decidió rehacerla. Tiró la reforma anterior, desapareció al INEE, cambió la manera de evaluar, creó la Nueva Escuela Mexicana, reconstruyó los libros de texto bajo la conducción de Marx Arriaga y convirtió el aula en otro territorio de su batalla contra el “neoliberalismo”. Siete años después, PISA 2025 coloca a México en el lugar 37 de 38 países de la OCDE. La tragedia no es una mala calificación: son generaciones de niños y jóvenes perdiendo conocimientos, competitividad y posibilidades frente al mundo… y frente a aquello que ellos mismos pudieron llegar a ser.

El video con el que arrancamos esta discusión toca exactamente el nervio del problema. Durante años la 4T ha encontrado una explicación política para prácticamente cualquier indicador incómodo: si una medición contradice el relato, entonces la medición es neoliberal; si la excelencia incomoda, se cuestiona el concepto de excelencia; si alguien exige resultados, se responde hablando de humanismo, inclusión, comunidad o becas. El problema es que ninguna consigna resuelve una operación matemática ni ayuda a un adolescente a comprender un texto que no entiende.

Y PISA acaba de exhibirlo.

México obtuvo 388 puntos en matemáticas, 408 en lectura y 414 en ciencias. Apenas 30% de los estudiantes mexicanos de 15 años alcanza el nivel mínimo de competencia matemática, y alrededor de la mitad llega al mínimo en lectura y ciencias. En excelencia prácticamente desaparecemos: solo 0.1% llega a los niveles superiores en matemáticas, 0.3% en lectura y 0.2% en ciencias.

Ese es el México que tendrá que competir en inteligencia artificial, ingeniería, medicina, programación, biotecnología, automatización y economía digital.

Siete de cada diez no alcanzan siquiera la base matemática.

No hay “humanismo mexicano” capaz de maquillar eso.

Primero desacreditaron el termómetro

Cuando PISA 2022 volvió a mostrar el rezago mexicano, Andrés Manuel López Obrador no respondió anunciando una emergencia nacional de aprendizaje. Dijo exactamente lo contrario: “nosotros no los tomamos en cuenta”, porque esos parámetros habían sido creados durante el neoliberalismo. Comparó la evaluación con tomar en serio al Fondo Monetario Internacional y remató con un “zafo”. No es interpretación opositora: está en la versión estenográfica oficial de Presidencia.

Ahí está buena parte del problema cultural que la 4T instaló en la educación: si medir incomoda, desacredita la medición.

En 2019 desapareció el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación, el INEE, y fue sustituido por un nuevo sistema de mejora continua. Después, en diciembre de 2024, otra reforma constitucional eliminó precisamente la disposición que sostenía ese organismo de mejora educativa. Hoy México llega a PISA 2025 sin una evaluación nacional equivalente, periódica y comparable que permita saber con claridad cómo evolucionan los aprendizajes dentro del país.

Eso no significa que PISA sea perfecta. Ninguna prueba internacional lo es. La propia OCDE reconoce diferencias socioeconómicas, efectos de la pandemia y que México incorporó al sistema educativo a más adolescentes históricamente marginados. Pero una limitación metodológica no convierte 388 puntos en matemáticas en una victoria popular.

Y entonces apareció Marx Arriaga

Aquí no podemos tratar a Marx Arriaga Navarro como una nota al pie. Fue director general de Materiales Educativos de la SEP desde 2021, tuvo un papel central en los libros de la Nueva Escuela Mexicana y la propia Secretaría reconoció este año que su trabajo fue una parte importante de los 107 Libros de Texto Gratuitos que llegaron a las aulas.

Su responsabilidad política y administrativa es enorme.

No porque Marx Arriaga haya provocado él solo el resultado de PISA —afirmarlo sería intelectualmente tramposo—, sino porque personificó una concepción educativa que desconfió de la evaluación, relativizó la competencia académica y subordinó conocimientos fundamentales a una misión ideológica y “emancipadora” mucho más amplia.

En 2021 generó una tormenta nacional al cuestionar la lectura entendida únicamente como goce individual y defenderla como herramienta de emancipación social. La frase popularizada como “leer por placer es un acto de consumo capitalista” fue una síntesis periodística, no una cita textual exacta; pero su planteamiento sí contrapuso el goce individual de la lectura con una lectura políticamente comprometida y transformadora.

Después llegaron los libros.

Especialistas documentaron problemas de secuencia didáctica, contenidos matemáticos dispersos, conceptos colocados en edades cuestionables y errores concretos. Gatopardo recogió desde 2023 las críticas pedagógicas de especialistas que describían el tratamiento de las matemáticas como “poco y malo”, con déficit didáctico. En 2026, después de la salida de Arriaga, incluso la SEP comenzó a plantear modificaciones y una recuperación más explícita de Matemáticas y Español dentro de los materiales.

Y todavía hay algo más revelador: cuando Marx salió de la SEP este año, su ruptura con el nuevo equipo no fue porque considerara insuficiente la exigencia académica. Acusó a Mario Delgado de querer devolver la educación a la formación de “capital humano”, de “obreros agachones” y de preparar “mano de obra barata” para las maquiladoras. La pelea confirmó que para Arriaga la disputa educativa era también una disputa política contra determinada concepción del trabajo, la productividad y la formación profesional.

Y ahí es donde el discurso termina chocando brutalmente con la realidad.

Porque un niño pobre no se emancipa sabiendo menos matemáticas.

Se vuelve más vulnerable.

Un adolescente de Juárez no derrota al “neoliberalismo” porque salga de secundaria con menor comprensión lectora. Lo único que ocurre es que llegará peor preparado a una universidad, a una maquiladora de alta tecnología, a una ingeniería, a emprender un negocio o simplemente a llevar correctamente sus propias cuentas.

La educación pública era precisamente el instrumento que podía permitirle al hijo de una familia sin recursos competir con alguien que nació con todas las ventajas.

Bajar la exigencia no combate la desigualdad. La congela.

La mediocridad convertida en virtud

Ese es quizá el daño más profundo de estos siete años: la 4T convirtió demasiadas veces la exigencia en sospechosa y el resultado medible en algo secundario frente al relato.

Becas, sí. Más jóvenes dentro de las escuelas, por supuesto. Comida, transporte, infraestructura e inclusión, también. Todo eso importa.

Pero una beca sirve para que un niño permanezca en la escuela.

No garantiza que aprenda.

La cobertura sirve para abrirle la puerta.

No garantiza que salga preparado.

Y decir que un estudiante tiene autoestima, sentido comunitario o conciencia social no resuelve el pequeño detalle de que 70% no alcanza el mínimo matemático que la OCDE considera necesario para desenvolverse ante problemas sencillos.

Los resultados tampoco comenzaron ayer. En PISA 2018 México tenía 409 puntos en matemáticas, 420 en lectura y 419 en ciencias. En 2022 cayó a 395, 415 y 410. Ahora registra 388, 408 y 414. Matemáticas perdió 21 puntos desde que comenzó la 4T y lectura perdió 12. Ciencias recuperó cuatro puntos frente a 2022, pero permanece prácticamente estancada respecto de hace años.

No es una generación.

Son generaciones.

Los niños que iniciaron primaria bajo el obradorismo, quienes atravesaron la pandemia, los que recibieron los nuevos libros, los adolescentes que hoy presentan PISA y los pequeños que continúan entrando a un sistema todavía en disputa. La educación tarda años en mostrar el daño porque sus consecuencias no aparecen completas en una mañanera; aparecen cuando esos estudiantes intentan entrar a la preparatoria, a la universidad o al mercado laboral.

Y para entonces recuperar el tiempo perdido cuesta muchísimo más.

Sheinbaum vuelve a encontrar el lado amable

Claudia Sheinbaum reaccionó a PISA 2025 insistiendo en que la prueba tiene limitaciones para comparar países, destacó la estabilidad de ciencias y mostró un mensaje del director de Educación de la OCDE sobre la resiliencia mexicana, la ampliación de cobertura, la curiosidad de los estudiantes y la relación positiva con sus maestros. Después cerró celebrando: “¡Que viva la escuela, la Nueva Escuela Mexicana!”

Todo eso puede ser cierto al mismo tiempo.

Los maestros pueden esforzarse.

Los alumnos pueden querer aprender.

México puede incorporar a más jóvenes.

Y el sistema puede estar fracasando en enseñar suficientemente bien matemáticas y lectura.

De hecho, esa combinación hace el problema todavía más indignante: si nuestros muchachos tienen curiosidad, perseverancia y ganas de aprender, pero salen con estas competencias, entonces no tenemos un problema de niños incapaces.

Tenemos un problema de sistema.

Chihuahua ya dijo basta

Por eso nuestra discusión anterior sobre Chihuahua cobra todavía más sentido. Cuando el estado decidió poner límites en el aula y regresar el énfasis hacia español, comprensión lectora, ciencia, arte y pensamiento crítico, la batalla no era simplemente sobre una palabra o una moda lingüística.

Era una discusión sobre qué demonios estamos haciendo con la escuela.

La educación puede formar ciudadanos tolerantes sin convertir los libros en propaganda.

Puede enseñar respeto sin abandonar matemáticas.

Puede hablar de desigualdad sin sacrificar español.

Puede enseñar historia crítica sin escribirla desde el comité político del gobierno en turno.

Y puede formar seres humanos libres precisamente porque les entrega las herramientas intelectuales para decidir por sí mismos. Eso incluye algo tan revolucionario como saber leer, comprender, calcular, cuestionar y distinguir un hecho de una consigna.

Para llevar…

La 4T pidió siete años para transformar la educación y efectivamente dejó una transformación profunda: destruyó el modelo anterior, modificó instituciones, rehízo libros, reorganizó materias, cambió el vocabulario educativo y convirtió la escuela en otro frente de su guerra ideológica contra el pasado.

Lo que no consiguió fue lo único que verdaderamente puede justificar semejante experimento:

que los niños aprendieran más.

Marx Arriaga ya salió de la SEP, pero los libros que dirigió siguen en millones de pupitres y el modelo que ayudó a construir sigue ahí. La administración de Claudia Sheinbaum puede corregirlo, medirlo, reforzar matemáticas y lectura y aceptar que la excelencia no es una conspiración neoliberal.

O puede seguir explicando el fracaso.

Mientras decide, el mundo no espera.

China, Corea, Japón, Singapur y las economías que están construyendo el futuro no van a reducir sus estándares para que México se sienta incluido.

Y nuestros niños tampoco tendrán una segunda infancia para recuperar lo que no aprendieron.

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