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Se Tenía que Decir

Miles de jóvenes de la Generación Z derriban vallas en Palacio Nacional y exigen la renuncia de Claudia Sheinbaum

En una jornada marcada por el hartazgo social y la ruptura definitiva entre la ciudadanía y el poder, miles de integrantes de la «Generación Z» y diversos colectivos se movilizaron desde el Ángel de la Independencia hasta Palacio Nacional. La protesta, que evidenció el malestar acumulado por años, terminó con la caída de las vallas metálicas colocadas por el gobierno para blindar el recinto presidencial.

La consigna fue contundente: “¡Fuera Claudia!”, en referencia a la presidenta Claudia Sheinbaum, señalada por sus críticos de mantener una postura indiferente frente al avance de la violencia, la impunidad y el deterioro de las condiciones de vida. Para muchos manifestantes, el actual gobierno ha dejado de escuchar y ha optado por atrincherarse tras barreras físicas y narrativas oficiales.

Desde temprano, cientos de jóvenes —muchos de ellos encapuchados y organizados en bloques— avanzaron por Paseo de la Reforma con pancartas, banderas de anime y mensajes como “No somos bots” y “Narcoestado”. La convocatoria surgió en redes sociales y fue asumida como una movilización apartidista, nacida del hartazgo cotidiano. “Yo he estado en tres balaceras, me han apuntado con una pistola en la cabeza. Ya estoy harto”, afirmó Toño Cárdenas, coordinador de «Somos Impacto».

Al mediodía, la marcha llegó al Zócalo capitalino, donde se encontraron con el cerco metálico instalado por el gobierno capitalino. Con martillos y piedras, los jóvenes derribaron las estructuras en un acto que se volvió símbolo del colapso de la distancia entre el poder político y una generación que exige respuestas. Imágenes difundidas en redes muestran a los manifestantes avanzando entre gases lacrimógenos y empujones, mientras gritan “¡México, México!” frente al operativo policial.

El contraste generacional fue inevitable. Cuatro décadas atrás, la hoy presidenta Sheinbaum marchaba contra la represión y exigía apertura democrática. Hoy, desde el poder, se repite la misma fórmula autoritaria que alguna vez denunció.

Uno de los momentos más emotivos fue la llegada de Raquel Ceja, abuela del alcalde asesinado de Uruapan, Carlos Manzo. Apoyada en una silla de ruedas, fue recibida entre aplausos y el grito: “¡Carlos, escucha, esta es tu lucha!”. El asesinato de Manzo el pasado 1 de noviembre se convirtió en un punto de quiebre para la protesta, que también exige justicia para las más de 133,000 personas desaparecidas en el país.

Mientras la movilización avanzaba en la capital, la presidenta viajaba por Campeche para encabezar un evento del programa Pensión Mujeres Bienestar. Su ausencia —y su silencio ante el dolor y el enojo de miles— fue interpretada como una nueva muestra de desdén hacia la crisis nacional. Días antes, había descalificado la marcha, asegurando que “ni es de jóvenes” y que estaba “impulsada por la derecha internacional”, un discurso que, para los manifestantes, refleja un gobierno que prefiere fabricar enemigos antes que atender realidades.

Los testimonios recogidos exponen el peso que carga esta generación: violencia desbordada, extorsiones normales, salarios que no alcanzan y un presente sin garantías. “No puedo emprender porque me van a pedir piso”, relató un joven de Michoacán. “Vas al supermercado y no te alcanza. Queremos empleos dignos y seguridad”, reclamó Sara, otra participante.

La protesta de la Generación Z no solo derribó vallas, sino también el relato oficial de un país en paz. En México, donde alzar la voz puede costar la vida, miles decidieron gritar frente al corazón del poder político. Y lo hicieron sin permiso y sin miedo.

Las denuncias de represión contra el gobierno federal exhiben a Morena como aquello que juró no ser: un régimen que se dice del pueblo, pero que le cierra las puertas y responde con gas lacrimógeno.

Todo indica que el asesinato del alcalde Carlos Manzo terminó por encender una llama que el gobierno no quiso ver: la de un país que empieza a levantarse contra un proyecto que prometió esperanza y ha entregado miedo.

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