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¿Trenes nuevos? No. Fierros viejos rehabilitados: Igual que Morena

El Tren Interoceánico y la brecha entre el discurso oficial y la realidad
Mientras el gobierno federal insiste en hablar de “soberanía”, “modernización” y “proyectos históricos”, la realidad material del Tren Interoceánico del Istmo de Tehuantepec revela una narrativa muy distinta: México no estrenó trenes nuevos, sino que puso en operación material rodante usado, retirado por obsolescencia en otros países y rehabilitado a contrarreloj.
Lejos de la imagen de infraestructura moderna que se ha vendido al público, la flota que opera en la Línea Z (Coatzacoalcos–Salina Cruz) está conformada, en su mayoría, por equipos con entre 20 y casi 50 años de antigüedad.
De acuerdo con información pública, la Secretaría de Marina (SEMAR) adquirió en el Reino Unido tres locomotoras British Rail Clase 43 (InterCity 125 / HST), fabricadas entre 1976 y 1981, así como 11 vagones Mark 3 del mismo periodo. Estas unidades fueron retiradas del servicio en su país de origen por obsolescencia. El material arribó a México entre septiembre de 2023 y marzo de 2024, y fue reacondicionado para su operación.
A ello se suma material rodante usado proveniente de Estados Unidos: locomotoras SD70M ex Union Pacific (circa 2001), así como F59PH y F59PHI procedentes de sistemas regionales como Metrolink y GO Transit, además de vagones Amfleet y Budd SPV-2000. También se incorporaron unidades Stadler Citylink provenientes del fallido Tren Turístico Puebla–Cholula. Ninguna de estas adquisiciones corresponde a trenes nuevos.
Pese a ello, no existe evidencia pública clara de compras de trenes nuevos para pasajeros, ni tampoco información transparente sobre los costos reales de adquisición, rehabilitación y puesta en operación del equipo utilizado. El servicio de pasajeros inició el 22 de diciembre de 2023, con una flota armada a partir de material retirado en otros países.
Legalmente, el uso de trenes rehabilitados no constituye una irregularidad. El problema no es jurídico, sino político y ético. No es lo mismo reutilizar infraestructura que vender fierros viejos como símbolos de modernidad, ni presentar una estrategia de emergencia como un logro histórico.
Este contexto cobra especial relevancia tras el descarrilamiento ocurrido en Nizanda, Oaxaca, y a la luz de las conversaciones grabadas que se hicieron públicas entre Amícar Olán y Pedro Salazar Beltrán, donde se habla de gestiones, decisiones y arreglos en torno a proyectos de infraestructura federal. En una de esas conversaciones se escucha una frase que hoy resuena con crudeza:
“Ya cuando se descarrile el tren, pues ahí ya va a ser otro pedo…”
La discusión no es ideológica. Es una discusión de honestidad pública, transparencia y responsabilidad. Decirle a la ciudadanía qué se compró, de dónde proviene, cuántos años tiene y cuánto costó realmente no debería ser opcional, sobre todo cuando hay vidas humanas de por medio.
Porque una cosa es rescatar infraestructura.
Y otra muy distinta es maquillar chatarra como progreso.